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Lo recién salido del horno letrudo:

(re)huir

Sí, rehúyo de las huidas contaminadas con el egoísmo de los labios que prefieren destruirse con sus propios dientes antes que ser humedecidos por unos ajenos.

Rehúyo de la cobardía de las almas a ser deconstruidas en la incertidumbre de un salto a la probable nada.

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(In)trascendencia de las letras



¿Alguna vez te has cuestionado la trascendencia de tus letras?

Supongo que para quienes escribir resulta una pasión, más de una vez la pregunta se ha quedado en mente. ¿Quién te lee?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿cómo reacciona? Podría seguir con un interminable interrogatorio que probablemente sólo devendría en un continuum.

Existe una pregunta en la cual sí me he detenido un poco más; esa que cuestiona la motivación por escribir: ¿económica, social, política, psicológica…? Pueden ser todas, algunas; no son mutuamente excluyentes. Cada quien tendrá sus razones para tomar un lápiz, pluma, teclado o aun sus propios dedos (con esto de lo touch) y comenzar a escribir como bestia que debe producir su propia fuente de vida y muerte: letras.

¿Yo? Escribo (y dejo de hacerlo) por el motivo elemental que hacemos todo en esta Vida: porque quiero.

Y por la trascendencia… o la intrascendencia de unos paréntesis; y para sentirme vivo… o morir en un punto final; y para existir… o desvanecerme en estos puntos suspensivos…

¿...Y tú?

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La necesidades... ¿se crean, se destruyen, se transforman o qué mierda?



Oh, el eterno debate de mercadólogos, publicistas, comunicadores y demás humanos grilleros. Párrafos enteros se han perdido en la historia debido a la discusión que provoca el tema de las necesidades. 6, 000, 000 de resultados (aproximadamente) son los que produjo Google cuando realicé una búsqueda al respecto. Tinta virtual o no virtual. Mucha tinta.

Necesidad de leer versus Deseo por leer(me).

Veamos, ¿puedo crear en ti, lector (o lectora), la “necesidad” de continuar en estas líneas?, o... ¿sólo puedo persuadirte para que sigas aquí, y entonces llamar “deseo” a eso que surge en ti?, ¿habrás dejado de leer ya? Supongamos que por un no-sé-qué, estas letras aún suenan en tu mente. Entonces, ¿creé en ti la necesidad de leer?, ¿o inicialmente ya existía y únicamente la potencié?, ¿qué mierda pasa?

Lento.

Son muchas preguntas y ni siquiera he dicho qué es una necesidad. No entraré en detalles, puesto que tan sólo esa palabra devendría en párrafos interminables. Según quienes saben (o nos han hecho creer que), “la necesidad es un estado de carencia percibido.”; también dicen Fischer y Espejo (2004) que es “la diferencia o discrepancia entre el estado real y el deseado”.

Está clarísimo. Fin de la discusión.

No.

Volvamos a la pregunta de párrafos arriba: ¿puedo crear en ti la necesidad de leer? Si tomamos la primera definición, para lograr una respuesta afirmativa, debería generar en ti, espontáneamente, un estado de carencia percibido, es decir, que en tu mente brotara el pensamiento “carezco de lectura: necesito leer para estar satisfecho”... o una pendejada así. Hasta aquí no parece tan ilógico: leer para satisfacer esa necesidad; leer por leer, pues. Suena bien, y hasta podríamos poner el punto final a la discusión… claro, si fuéramos autómatas.

¿En verdad leemos por leer? De ser así, no existirían géneros; simplemente letras per se. ¿No buscamos algo más allá de sólo insertar letras en nuestra mente? ¿Qué deseamos llenar realmente cuando decidimos leer? Esa motivación interna, profunda –y que muchas veces guardamos celosamente–, es la que sí podemos generar en otro humano.

Una necesidad es tan plana que utilizar recursos en intentar crear alguna significaría un desperdicio total; compartimos ciertas necesidades con otros animales; son elementales, básicas. Por otro lado, un deseo (esa motivación interna) es algo propio del ser humano depredador, consumista, insaciable; puede moldearse, potenciarse y, para fortuna de quienes vivimos de ellos (de los deseos, no de los seres humanos… a veces), explotarse para obtener beneficios de todo tipo: económicos y no.

No es lo mismo tener la necesidad de leer, que sentir el deseo por leer otro texto de alguien en específico; leer por el primer supuesto, sólo tendría como objetivo satisfacer dicha necesidad, sin embargo, leer por el segundo motivo, lograría satisfacer la necesidad y además otros aspectos más profundos y propios del ser humano.

Es esto lo que como publicistas-gurús-persuasivos buscamos: generar deseos que las personas puedan llenar exclusivamente con nuestros productos, en este caso (siendo un arrogante de mierda), mis letras.

O no.

¿Usté qué opina, lectora o lector? ¿Alguien realmente leyó hasta acá? ¿Les baleberga?

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Escribiviendo



Mi cómo escribo es también mi cómo vivo.

Mi Vida no es mía; es cada instante compartido con alguien más (a veces conmigo); un momento que muta a muchos, que se vuelve una historia. Con cada persona que coincido, letras son plasmadas. A veces una página, a veces un capítulo, otras un párrafo… incluso tan sólo un par de manchas que se perderán en alguna página cuyo contenido nadie se detendrá a consultar: Hola, adiós.

Existe un documento, un archivo, un ente de Word, pues, en el que escupo pedazos de historias. Seis líneas, un par de personajes, un diálogo, puntos suspensivos… otra idea, otra historia. Se repite.

Inicios, y, si acaso finales, con tres puntos. En ocasiones comienzo a escribir con intención de que ésta sea una historia larga. Sucede que después de algunas páginas ya no soy yo quien redacta, sino esa voluntad de continuar con la promesa (torpe) inicial. Perdidas, exageradas, sin sentido, alienadas. Así las letras.

Y entonces me doy cuenta: escribo como vivo, y viceversa. Mis escritos son cortos (ay, la relatividad), intensamente cortos, que no superfluos, que tampoco el-antónimo-de-superfluo. Cada letra, cada punto, cada tilde, aun cada espacio lo siento en todas las terminales nerviosas. Así la Vida: cada charla, cada abrazo, cada beso, cada orgasmo, aun cada silencio… principalmente los silencios, como el que harás entre el punto que a continuación (se) viene y la primera letra del párrafo próximo.

(Silencio...).

Probablemente un día logre escribir esa historia larga que tanto pide mi (necio) hemisferio izquierdo, y sea de lo mejor que haya hecho, o sea sólo un bulto para ocupar algún espacio, espacio que nadie sabrá de su existencia. Probablemente. ¿Cuándo?, eso no lo sé; no me importa.

Mientras, sigo eyaculando letras intensas de duración variable en cada encuentro con otro humano; sigo destruyéndome para destruir historias; sigo con esa pasión del primer beso, de la primera palabra, incluso en la misma historia, sobre el mismo párrafo; sigo con la excitación de no conocer qué pasará dentro de un segundo, de ignorar la palabra que viene después de ésta, que bien puede ser la última, la primera, la de en medio, pero que, sin inicio ni final, es.

Mientras, mientras, te invito a que continuemos escribiviendo hasta fusionarnos con la tinta y trascender en ella para ser leídos por alguien más, por nadie, por la propia tinta sublevada, como aquella que añora no sólo estar en un papel, sino ser en Otro. En ti.

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Dilema



Toma este miedo: hazlo tuyo. No, mejor llévatelo; que se vaya. ¿Cómo?, con un beso, con tus brazos sobre mí, con una mirada... tú sabes de eso. Espera.

El dilema: despedirme del miedo o de ti.

Decir adiós al primero no asegura que me quede contigo. ¿Quedarme?, pendejo; no eres un objeto, es más, ni siquiera pareces real. Pero lo eres, y si no, qué importa. Dicen que la primera condición para que algo sea real es sentirlo... Y yo te siento, incluso (principalmente) cuando no estás.

Decía, pues, que si adiós al miedo, riesgo contigo. Y digo riesgo porque sé que dolerá. ¿Que cómo lo sé? No me preguntes, simplemente lo sé: somos dos galaxias caóticas a punto de colisionar y provocar una explosión de mágicas estrellas, pero también una de peligrosos meteoritos. La intensidad de ahora predice la que se vivirá(?) post mortem.

Y, consciente de ello, no me importa. De nuevo. No me importa, porque veo tu sonrisa a lo lejos y sé que quiero provocarla; porque los párpados cubren mis ojos y tus ojos en mi mente surgen; porque no soy tuyo, no eres mía, ni somos de alguien; porque somos al estar juntos, y así cada quien lo suyo; porque aun los silencios entre nuestros labios producen melodías; porque no, no eres lo mejor que me ha pasado: eres lo que me está pasando... y así te Quiero, en presente.

¿Despedirme de ti? Dejó de ser opción desde el momento en que el primer trazo de estas letras fue imaginado.

Adiós, miedo.

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