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Lo recién salido del horno letrudo:

(re)huir

Sí, rehúyo de las huidas contaminadas con el egoísmo de los labios que prefieren destruirse con sus propios dientes antes que ser humedecidos por unos ajenos.

Rehúyo de la cobardía de las almas a ser deconstruidas en la incertidumbre de un salto a la probable nada.

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Non-sobrio



Somos nuestras ganas postergadas; los encuentros clandestinos; la pasión latente; el reproche por la huida constante y además, aunque duela, necesaria.

Aunque, ¿por qué necesaria?, ¿de quién huyes?, ¿de qué huyes cuando permaneces; qué encuentro buscándote? Jugamos a que no nos importa el qué dirán mas propiciamos que nuestros labios se enciendan en la penumbra. Soy tu escape —de lo que sea—; eres mi encuentro —con lo que sea. Juegas a ser libre pero muestras tus cadenas en cada trago, juego a llevar el hedonismo como bandera mas te mojo con mis lágrimas en cada roce.

¿De qué huimos, entonces, al hallarnos? Tampoco finjamos demencia: ambos lo sabemos, y lo sabemos bien. Lo supimos desde el primer encuentro de tus puntos suspensivos con mis punto-y-comas. Lo sabemos ahora y lo sabremos cada que nos refugiemos entre sábanas arrendadas; lo sabemos como el vicioso consciente de ser su propio verdugo.

Y es que lo sabemos tanto que preferimos ignorarlo. Lo preferimos así porque decidimos aniquilarnos en cada orgasmo hasta que los suspiros griten basta, y entonces sea momento de volvernos tan ajenos como las paredes que alguna vez retuvieron gemidos para no ser oídos por la moral; como las botellas que besamos; como nuestros corazones irreverentes que eventualmente se doblegaron ante lo inevitable de las pasiones acumuladas.

Después de ello seremos calma, mas por ahora sigamos siendo caos, el más inestable de ellos.

Continuemos escupiéndole a la moralidad y corriéndonos sobre las buenas costumbres.

Sigamos siendo lo que somos cuando asimilamos la Vida como lo que es: un cúmulo de riesgos.
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(re)huir



Sí, rehúyo de las huidas contaminadas con el egoísmo de los labios que prefieren destruirse con sus propios dientes antes que ser humedecidos por bocas ajenas.

Rehúyo de la cobardía de las almas a ser deconstruidas en la incertidumbre de un salto a la probable nada.

Rehúyo de los pasos que se aferran a la tierra endeble de un precipicio; de los ojos que obstruyen la luz a su propia pupila; del tacto que se ahoga en su propio sudor temeroso; del olfato que se resguarda en sus propias prendas por saberse cautivado.

La justificación simplona podría ser que rehúyo porque en realidad nunca estuve, pero no. No, porque, en primer lugar —me gusta utilizar el recurso de enumeración: parece que estoy a punto de hacer una afirmación contundente y trascendental, y aunque no lo sea, estas líneas entre guiones puede que ayuden a pensar que sí, o que, de ser leídas, rompan el posible misterio generado y entonces haya sido en vano lo explícito del propósito de enumeración o incluso todo el texto—, yo no estoy: soy. Y cuando soy en alguien lo hago totalmente.

Entonces, podría pensarse que lo mío es un acto incluso más cobarde que la propia huida del Otro, puesto que no me atrevo a persuadirle de abortar dicha partida. De nuevo, no, porque si algo detesto es toda cuerda que se alimente de las ganas del prisionero por correr. Tampoco es que deje en libertad: si no llegas libre a mí, es más problema tuyo que mío.

Probablemente rehúyo porque estoy harto de ver cómo el humano ha preferido quedarse en la mediocridad de los lugares comunes antes que arriesgarse a inventar lo indecible.

Rehúyo, más que de ti, de un nosotros unilateral.

Y es entonces cuando me invade la idea de imaginar el caos potencial cuando, rehuyendo, encuentre a mi reflejo —o éste a mí—: ¿rehuiremos ambos de los excesos generados por la desmedida pasión?

—Aunque, confieso, en este momento me aborda más la idea de saber si alguien notó que únicamente mencioné "en primer lugar" y después ignoré toda enumeración iniciada.

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Nueve



Te me saliste tanto de las manos que ahora solo he de observar cómo te alejas.

Escribo un poco descompuesto, es decir, más de lo usual, pero... supongo que es natural. Te metí en mis letras desde aquella carta —¿recuerdas?—, y estas líneas se plasman ahora para sacarte de ellas. Al menos de éstas, las profundas; las impulsivas; las que, como yo, son y se dejan ser, así sin más.

Te quedas —te dejo— en alguna coma, en algún punto, en una tilde... ¡ah, esas tildes!, esas que tanto te cuestan, esas que, como a mí, quieres, pero al final nomás no.

Para ti no tengo más que Amor. Sí, de ese que va con mayúscula, de ese tan mío, tan tuyo, tan nuestro. Aprendo de todo lo que compartimos. Me quedo, si permites, con eso.

¿Que si estuvo mal ser todo apasionado e intenso? No lo sé y, sí, adivinaste: no me importa. Así soy, así deseo continuar: entregado, apasionado, amando y creyendo, rompiéndome cada pedazo de alma de vez en vez, aniquilándome para renacer... así contigo, así me recordarás, porque sé que lo harás, así como sé que te Quiero aunque te desvivas en negarlo.

Detesto —bien sabes— los lugares comunes, las frases trilladas, lo que se dice porque así ha funcionado siempre. Y lo detesto más cuando se trata de una despedida, pero en esta ocasión me doblego y utilizo esa palabra que, si bien desgastada, totalmente honesta si de mis letras emana: Gracias, gracias por todo lo que vivimos —y morimos—; por ser siempre tú; por ayudarme a crecer; por los regaños; por el Amor; por las sonrisas —y las carcajadas—; por volar, aunque fuera un breve instante, conmigo. Gracias.

Coincidiremos, pues, en algún bosque, cuando tus ramas y las mías precipítense. Mientras, florece, haz raíces y déjate sentir la lluvia.

Te Quiero, siempre, higuera.

Desde el lado izquierdo de la Vida y del Amor,

André

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¿Voy a matar o a que me maten?



Cada paso que damos nos lleva por un camino que puede tener una sólida base o bien carecer de ésta. Por ello, existen quienes aseguran el terreno antes de siquiera levantar un pie o quienes, al no lograr una certeza, prefieren hundirse lentamente en su inamovible posición.

Yo no avanzo precavido ni me detengo temeroso; me fundo con el camino: soy en él.

¿Que si en cada camino voy a matar o a que me maten? No lo sé; sé que voy. ¿Que si es bueno o malo? Adjetivos; nada más.

Y es que, ¿a qué venimos a este universo si no a matar y morir simultáneamente; si no a destruir y ser destruidos en el proceso; si no a simplemente hacer lo que amamos y lanzarnos al vacío? ¿Qué sentido tendría conocer si voy a matar o a morir antes de emprender el camino?

Prefiero la incertidumbre de no saber si al paso siguiente tus manos me sostendrán o simplemente verán cómo me derrumbo.

Lo prefiero, al paroxismo; nos prefiero, paroxísticos.

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